Anna cierra la puerta tras de sí y respira agitadamente. Al fin en casa. Corre apresuradamente hacia el baño, se despoja aún con más urgencia de sus ropas y se mete bajo la ducha, sin siquiera dejar que se caliente primero el agua. Se frota desesperadamente con una esponja, imprimiendo tanta fuerza que podría quedarse en carne viva, pero ese putrefacto olor sigue sin querer abandonar su piel, olor a vergüenza, a humillación, a dignidad perdida.
Resignándose a la idea de que su suciedad no se eliminará ni con cien pastillas de jabón, se deja caer despacio al suelo de la bañera. Se encoge y se abraza a sus propias piernas, y comienza a llorar. Llora por cada una de las camas donde ha estado y por cada uno de los hombres con los que ha yacido en ellas.
Esclava de su propia soledad, títere de su vana esperanza, busca con tonta ilusión cada noche un pecho sobre el que sentirse segura. A sabiendas de que los hombres sólo la desean para apaciguar su sed sexual, ella acude, como prostituta agradecida por un buen pago. Muchas meretrices, al ser su cuerpo su trabajo, reservan los besos en la boca para los hombres con los que se acuestan por placer y no por dinero. En cambio, ella es lo que más ansía de sus mil amantes: que la besen en los labios. De forma tierna, apasionada, tímida, decidida,… Da igual cómo, pero que la besen, pues en cada una de esas uniones se permite soñar despierta e imaginar que no sólo follan, sino que hacen el amor, que aquel hombre se quedará a dormir y mañana la despertará con un tierno abrazo, que juntos serán felices como en las películas que tanto aborrece, más por envidia que porque no le gusten realmente. Pero la cruda realidad es que cada día, tras un insignificante orgasmo, o ni eso, el tío huye raudo y veloz de la cama y la “invita educadamente” a marcharse.
Así pasan las semanas, los meses y los años, y Anna sigue coleccionando hombres sin nombre y sin cara, polvos sin satisfacción alguna y emociones fingidas.




