Shirley se sienta en el borde de la piscina, convertida en un pozo de petróleo bajo la negrura del cielo nocturno. Se inclina y roza la superficie del agua con la punta del dedo índice, surgiendo ondas que se expanden hacia ningún lado. Está muy fría, y no es de extrañar por la cercanía del invierno. Introduce la mano entera, y en cuestión de segundos empieza a notar cómo se le congela. Shirley sonríe. Le encanta sentirse viva, y qué mejor manera de hacerlo que sintiendo frío, dolor.
Sin perder de vista la piscina, comienza a descalzarse y a remangarse los bajos de los pantalones. Sin dudarlo siquiera, mete los pies hasta casi las rodillas. Suelta una risa cantarina mientras patalea en el agua. Ésta le corresponde con un rítmico vaivén.
Así se divierte un rato, mientras juguetea con un mechón de pelo que se dejó llevar por el viento y cayó como un suspiro sobre su cara. Ya apenas siente sus extremidades inferiores, posiblemente enrojecidos por la baja temperatura del líquido.
Y como si el fondo negruzco la llamara, la joven se deja caer de pronto a la piscina, que la recibe y la mece como si de un bebé se tratara. Pasan los minutos, el cuerpo de Shirley ya entumecido, la respiración temblorosa, pero ella no desea salir. Ansía quedarse para siempre en el agua, hasta deshacerse y ser parte de ella.


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