Camina la dulce Ariadna hasta el final del pasillo, con sus elegantes pasos, con su suave contoneo de caderas. Entra en el baño y cierra con llave. Se acerca a la bañera y abre el agua caliente. Después pulsa el botón de “Play” del radiocassette y comienza a sonar alguna clase de música mística. Coge una cerilla de la caja de fósforos, lo prende y enciende una por una las muchas velas aromáticas que decoran la estancia. El ambiente se torna hermoso y misterioso, en medio de aquella melodía y aquella fragancia.
Se acerca al espejo, y éste le devuelve una sonrisa. Sí, realmente es bonita, y ella lo sabe. Lo sabe porque se lo dicen y repiten desde que nació, lo sabe porque siempre fue la envidia de todas sus amigas y lo sabe porque jamás un hombre se resistió a sus encantos. Y no sólo es bonita físicamente, sino que su personalidad atrae a todo el mundo como abeja a la miel. Coqueta, carismática y segura de sí misma, y a la vez humilde y cariñosa. Nunca le ha faltado gente que la ame a su alrededor. Observa detenidamente su reflejo. Podría perfectamente ser la cara de una diosa.
Mañana será el día de su graduación en la facultad. Lleva años esperando por ese día. Irán sus padres, su novio y sus mejores amigos a verla, y ella lucirá un fantástico vestido carmesí, largo hasta los tobillos, con escote y espalda descubierta. Una vez más, todos saben que va a ser el centro de atención.
La dulce Ariadna se baja los tirantes de su camisón blanco, primero uno y luego el otro. La tela se desliza casi con vergüenza por su cuerpo, hasta caer suspirando a sus pies desnudos. Se suelta con sutileza el cabello, recogido con una pinza. Caen sus rizos del color de la arena sobre sus hombros, su espalda y también sobre sus pechos. Reluce su blanca piel a la luz de las velas, y su pelo ondea con delicadeza con cada uno de sus movimientos.
Todavía sin acabar su carrera universitaria y ya le han propuesto trabajar para una de las empresas más importantes del país, y lo mejor de todo es que ni siquiera tendrá que mudarse. Podrá disfrutar de su empleo soñado y sin renunciar a su ciudad natal ni a las personas que le importan.
Se sienta en el bordillo de la bañera, cierra el agua caliente y abre la fría. Mete una mano dentro y cuando la temperatura se vuelve templada, cierra la llave del grifo y arroja dentro sales de baño y pétalos de rosa. Se mete poco a poco dentro, y acopla su cuerpo al de la bañera. Cierra los ojos y respira profundamente ese aroma embriagador.
Escasos minutos más tarde, agarra una pequeña cajita de madera tallada, situada al lado de unas velas color púrpura, y saca de su interior una cuchilla. La dulce Ariadna observa absorta su brillo argénteo, y con total tranquilidad se raja ambas muñecas, en sentido vertical. Lo hace con tanta naturalidad y soltura que parece haber repetido el ritual ya mil veces. Hasta el suicidio lo lleva a cabo con plena perfección.
Pintada el agua de carmín, todo se vuelve borroso y placentero, como en una ilusión. Empieza a tener sueño, y baja los párpados, como si no pudieran soportar ya el peso de sus largas pestañas. Con sus últimas fuerzas, dedica una tierna sonrisa al mundo, y se deja ir.
Te llevas contigo tu belleza y tu juventud, tu amor y tu alegría. Te llevas muy lejos de aquí todo aquello que ansiamos muchos, como si valor no tuviera. Hasta siempre, dulce Ariadna.


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Bonito a la par que desesperanzador. Sigue escribiendo, Ales. Llegas.
Por cierto bonito blog (aunque me de miedo..)
Gracias por leerme, comentar y animarme.
A ver si poco a poco cojo ritmo y no tengo que sacar las palabras con sacacorchos.
¿Por qué te da miedo mi blog? Jaja.
Pobres mujeres eres una suicida literaria.